Día 1: Viaje a Tarija (Reposo después de hospedarnos)
Día 3: Viaje a Tarija (Una experiencia inolvidable fruto de nuestro exceso)
De pie, tarde. Las sábanas se pegaron por lo menos hasta las 10:00 de la mañana. Una vez frescos y después de una buena ducha, el estomago comenzaba a gruñir, el mío en especial. Era hora de ir a desayunar y de paso recorrer con mayor detalle al Mercado Central, para luego continuar con el itinerario. Visita al museo y ruta del vino.
Sin embargo una vez dentro del mercado mi amigo no se decidía respecto a que desayunar. Yo quería comer pataska (uno de los tantos platos típicos de la región), sin embargo él dudaba y dudaba y dudaba. Grrr! Así no más ya nos vimos fuera del mercado en el que había mucha fruta de temporada, muñequitos comestibles de q’isa (durazno deshidratado), vino patero (artesanal), mermeladas, canastas y enlatados; todos burlándose de mi estado de vacío interior. Mi hambre sin embargo, por lo molesto de la indecisión de mi amigo, al final desapareció. Entenderán pues, con el hambre o al menos con la mía no se juega, peor aún cuando el tiempo corre y corre, y el medio día está cerca, anunciando con severidad que falta una nada para que cierren el museo nacional de paleontología y arqueología.
Sin embargo una vez dentro del mercado mi amigo no se decidía respecto a que desayunar. Yo quería comer pataska (uno de los tantos platos típicos de la región), sin embargo él dudaba y dudaba y dudaba. Grrr! Así no más ya nos vimos fuera del mercado en el que había mucha fruta de temporada, muñequitos comestibles de q’isa (durazno deshidratado), vino patero (artesanal), mermeladas, canastas y enlatados; todos burlándose de mi estado de vacío interior. Mi hambre sin embargo, por lo molesto de la indecisión de mi amigo, al final desapareció. Entenderán pues, con el hambre o al menos con la mía no se juega, peor aún cuando el tiempo corre y corre, y el medio día está cerca, anunciando con severidad que falta una nada para que cierren el museo nacional de paleontología y arqueología.
El museo quedaba a unas calles del Mercado Central. Decidido fui sin importarme que mi amigo estuviese detrás siguiéndome. Llegué a las afueras del museo e hice una toma antes de ingresar, cuando de repente apareció mi compañero con un envase de leche de soya y unas galletas. Mi hambre regresó y sentados en la acera devoramos el menú dejando inevitables rastros, migas en el suelo. Nuevamente amigos, así continuó el día con un cambio en mi actitud jajaja. Listos, ingresamos al museo pequeño, chiquito, curioso, en especial por el encargado de la atención de la sala de paleontología quién ahora es ya otro peculiar amigo.
A cargo estaba Fabio, un claro ejemplar del chapaco que habla lentiiito. Gran persona, quién a pesar de ser abogado deseaba ser comunicador. Fuera de cámaras nos preguntaba sin temor alguno: “¿Lo hice bien? ¿Creerán que puedo ser un presentador de programa de televisión?” Él nos acompaño como demuestra el video en la primera parte de nuestra visita, haciendo el esfuerzo por explicarnos lo que sabía respecto a las especies y al museo acogedor de los fósiles. Un museo situado allí, en donde jamás hubo siquiera una carrera de paleontología, en este cementerio de fósiles llamado Tarija.
El resto del personal con sus limitaciones y todo trató de atendernos lo más bien, y hasta cerro el museo tarde por culpa nuestra. Alcanzamos a recorrer también la sala de arqueología.
Gracias amigos. Gracias Fabio. Espero escucharte coplear a mi regreso y poner a prueba así también a tus habilidades musicales, que como decías, vienen de generación en generación con los Soruco.
Luego ya pasadas las 13:00 horas, tocaba acercarse pooor si acaso a la Vinoteca Tarijeña (casi en una esquina de la plaza principal Luis Fuentes y Vargas) y… buenísimo, no estaba cerrada, estaba abierta. Carlos Bruno, su administrador, serio pero muy atento nos dio información respecto a los objetivos de la misma y los servicios turísticos que prestaban. Interesados pedimos que nos unan al grupo que él nos comunicó ya se había conformado, en que había espacio para dos personas. El objetivo, realizar La Ruta del Vino, Visita a Bodegas. Quedamos en vernos a las 15:00 en la afueras de la misma Vinoteca para vivir la experiencia.
Gracias amigos. Gracias Fabio. Espero escucharte coplear a mi regreso y poner a prueba así también a tus habilidades musicales, que como decías, vienen de generación en generación con los Soruco.
Luego ya pasadas las 13:00 horas, tocaba acercarse pooor si acaso a la Vinoteca Tarijeña (casi en una esquina de la plaza principal Luis Fuentes y Vargas) y… buenísimo, no estaba cerrada, estaba abierta. Carlos Bruno, su administrador, serio pero muy atento nos dio información respecto a los objetivos de la misma y los servicios turísticos que prestaban. Interesados pedimos que nos unan al grupo que él nos comunicó ya se había conformado, en que había espacio para dos personas. El objetivo, realizar La Ruta del Vino, Visita a Bodegas. Quedamos en vernos a las 15:00 en la afueras de la misma Vinoteca para vivir la experiencia.
Así, ya casi a las 14:00 el hambre comandaba a nuestros cuerpos. Obediente e inconsciente pregunté a uno de los transeúntes donde había comida recomendable, y me indicó sobre la existencia de un lugar cruzando el puente San Martin de la avenida Victor Paz Estensoro. Llegamos después de casi 20 min. dirigiéndonos a pie al lugar. Mi amigo era quién esta vez no podía aguantar el hambre, le tocaba sufrir lo que yo jeje. Con insistenciay optimismo encontré el lugar en que no había la posibilidad que nos carguen la batería de la cámara. Era muy rústico, pero habían bastantes personas ingiriendo comida criolla a las afueras de las casetas metálicas rojas que eran las que estabamos buscando. Nada pero puedo decir de la comida que no probé, solo lo anterior prueba de este tiempo que perdimos, de la insolación que sufrimos pues el sol brillaba con esplendor.
Sin más casi resignados a no almorzar tomamos un trufi (transporte público) con dirección a la Vinoteca, pero cerca en la Av. Cochabamba frente a un pequeño mercado, había una pensión sin nombre, en que lucían atractivos tanto el menú como el precio (menos de 10 Bs. o lo que es casi 1$us). Discutimos cerca de tres segundos con miacompañante y bajamos. En la pensión si nos cargaron la batería de la cámara, mientras, devorábamos en casi 25 min. al almuerzo. Rico, pero ya estábamos un poco retrasados ya para vernos con Carlos de la Vinoteca.
Sin más casi resignados a no almorzar tomamos un trufi (transporte público) con dirección a la Vinoteca, pero cerca en la Av. Cochabamba frente a un pequeño mercado, había una pensión sin nombre, en que lucían atractivos tanto el menú como el precio (menos de 10 Bs. o lo que es casi 1$us). Discutimos cerca de tres segundos con miacompañante y bajamos. En la pensión si nos cargaron la batería de la cámara, mientras, devorábamos en casi 25 min. al almuerzo. Rico, pero ya estábamos un poco retrasados ya para vernos con Carlos de la Vinoteca.
Pagamos y rápido tomamos un taxi, dentro sonó el celular. Era Carlos con un balde frio de agua, el grupo de las amigas al que nos uniríamos, había incrementado en su número, conformando ya cinco personas, por lo que nosotros no entraríamos en el vehículo compacto de Carlos. Pero él nos dio una solución para no pagar el precio de cinco siendo solo dos. Carlos sería nuestro sponsor como guía. Llamó a su amigo taxista quién nos cobraría solo por la carrera o el servicio de transporte, pero para ello debíamos esperar un tiempo de 15 min. frente a la Vinoteca. Con un retraso de 10 min, llegó el taxista, gran persona quién aceleró para que alcancemos a Carlos y al grupo en la primera bodega: Kolbert.
Allí, en Kolbert comenzamos a aprender sobre vinos y su envasado como demuestra el video.
Allí, en Kolbert comenzamos a aprender sobre vinos y su envasado como demuestra el video.
La segunda bodega fue la de Campos de Solana en que tuvimos contacto con un espacio frio, el de las barricas y donde nuestras acompañantes cruceñas nos robaron más de una carcajada con sus ocurrencias.
La tercera bodega fue La Concepción. Una delicia, donde lastimosamente no permitieron que usara la cámara como pueden ver, tal vez por lo rústico de sus instalaciones y debido a que algunos de sus vinos son de exportación. Pero este, fue el mejor lugar, allí degustamos un vino bivarietal, tinto y áspero que ya tenía casi cuatro años de añejamiento. Aprendimos como agarrar los vasos de cristal. Fabiola era quién nos acompañó en el recorrido, una mujer muy clara en sus explicaciones y abierta, quién produjo que me comprase de regreso a La Paz uno de sus vinos y hasta un singani exquisito de su línea Rujero que también nos invitó. Allí olores y sabores se juntaron en agua ardiente y en un manjar producto de uvas que no son las moscatel (comunes). Bello, para antojarse, y si bien no hay video, hay audio jejeje, actualizaré en su momento el post con dicha grabación.
La cuarta y última bodega que nos esperaba era La Casa Vieja. Sin duda uno de esos lugares populares mágicos. Una casa colonial que más que una casa era una bodega y un viñedo, donde producían al igual que otros pobladores el famoso vino patero (artesanal en que las uvas son estrujadas con los pies). Degustamos allí un sinnúmero de sus vinos dulces de mesa. A tal punto que luego los más ricos comenzaron a ser comprados inevitablemente por todo el grupo. Así cumplimos y terminó nuestra experiencia con la ruta del vino.
Debo agradecer a Carlos Bruno de La Vinoteca Tarijeña, a quién no se puede dejar de reconocer que haya creído en este proyecto, sin duda todo un auspiciador. Por ello en agradecimiento este post. Si desean comunicarse con Carlos, no tienen más que llamar a su celular para vivir similar experiencia enológica en Tarija. Su número de teléfono móvil, el (591-2) 72996486, y la dirección de La Vinoteca Tarijeña: calle Sucre, entre calles Ingavi y La Madrid.
Cumplimos, pues se dice que: Si fue a Tarija y no tomó vino, entonces ¿A que vino?
La cuarta y última bodega que nos esperaba era La Casa Vieja. Sin duda uno de esos lugares populares mágicos. Una casa colonial que más que una casa era una bodega y un viñedo, donde producían al igual que otros pobladores el famoso vino patero (artesanal en que las uvas son estrujadas con los pies). Degustamos allí un sinnúmero de sus vinos dulces de mesa. A tal punto que luego los más ricos comenzaron a ser comprados inevitablemente por todo el grupo. Así cumplimos y terminó nuestra experiencia con la ruta del vino.
Debo agradecer a Carlos Bruno de La Vinoteca Tarijeña, a quién no se puede dejar de reconocer que haya creído en este proyecto, sin duda todo un auspiciador. Por ello en agradecimiento este post. Si desean comunicarse con Carlos, no tienen más que llamar a su celular para vivir similar experiencia enológica en Tarija. Su número de teléfono móvil, el (591-2) 72996486, y la dirección de La Vinoteca Tarijeña: calle Sucre, entre calles Ingavi y La Madrid.
Cumplimos, pues se dice que: Si fue a Tarija y no tomó vino, entonces ¿A que vino?
En la noche con la chispa del vino nos excedimos disfrutando de la vida nocturna. Tanto que no llegamos a dormir al establecimiento de hospedaje. Pero el día tres es otra historia, la continuación de esta.





